"Falta de Caridad”
- Catecismo Digital

- 4 jul 2023
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Cuando los tiempos como hoy, en que se vive una búsqueda constante por parte de los catequistas por acercar a los jóvenes, y donde las herramientas y las opciones se agotan. Sería bueno tomar nota de los consejos que recibió san Juan Bosco en sueños por parte de uno de sus alumnos. Sabemos que Don Bosco fue, un hombre realmente excepcional, a la hora de evangelizar a la juventud de su época.
En mayo de 1884 Don Bosco envió una carta desde Roma a sus salesianos y alumnos en la cual les narraba un importantísimo sueño que había tenido, Esta carta tuvo un gran efecto en los discípulos del santo.
Don Bosco decía que había visto el estado de la conciencia de muchos de sus discípulos, al regresar a Roma, fueron muchos los que se le acercaron a preguntarle en qué estado había visto en sus sueño. La carta dice así:
Se me apareció un antiguo alumno que ya murió. El me dijo:
─ ¿Don Bosco me conoce?
─Claro que sí, tú eres Valfre, un alumno de nuestro Oratorio hace unos 14 años.
─Don Bosco ¿Quiere ver cómo era la vida en su colegio en aquellos tiempos de 1870?
─Si, si hazme ver cómo era.
Entonces Valfre me hizo ver a los alumnos de aquellos antiguos tiempos. ¡Qué movimiento, qué alegría! Unos corrían, otros saltaban. Algunos estaban en competencias muy emocionantes de deportes. En un sitio había un grupo de jóvenes alumnos pendientes de los labios de un sacerdote que les narraba una historia. Más allá estaba un clérigo jugando un emocionante partido con un grupo de muchachos. Se cantaba, se reía por todas partes. Había por doquier sacerdotes y clérigos mezclados con los alumnos, los cuales gritaban y hacían bullicio alegremente. Yo estaba encantado al ver todo aquello, y Valfré me dijo:
─Mire: la familiaridad, la sana confianza, produce cariño y el cariño abre los corazones y así los alumnos se manifiestan sinceramente a los asistentes y superiores. Y aceptan con facilidad lo que se les quiera mandar, porque se dan cuenta de que los superiores los aman.
En seguida se acerco otro antiguo alumno, Joseé Buzzeti, y me dijo:
─Don Bosco: ¿quiere ver ahora cómo son los alumnos que están ahora en el colegio?
─Sí, si, pues hace un mes que no los veo.
Y me presentó el patio del colegio. Allí estaban los alumnos en recreo. Pero ahora ya no se oían los gritos de alegría ni las canciones, ni veía el movimiento en otros tiempos. En los ademanes y gestos, y en el rostro de algunos jóvenes se notaba un desgano, una tristeza, una desconfianza que llenaba de angustia mi corazón.
Y el alumno me dijo:
─¿Ve este recreo? ¡Qué diferencia con aquellos que teníamos nosotros!
─Oh si que lo veo ─respondí suspirando de tristeza─ ¡Qué desgano en este recreo!
Y el personaje continuó diciendo:
─Y de ahí proviene después el desgano de muchos para acercarse a los santos sacramentos, el descuido en las practicas de piedad en el tiemplo y en otros sitios. De ahí viene que están de mala gana en el colegio donde la Divina Providencia de Dios les concede tantos vienes espirituales e intelectuales. De aquí también la ingratitud hacía los superiores, y los secretos y las murmuraciones con todas las malas consecuencias que todo esto les traerá.
─Comprendo─ Respondí─ ¿pero cómo animar a nuestros jóvenes para que vuelvan a la antigua alegría y a la san expansión?
─Con la caridad.
─¿Con la caridad? ¿pero es que mis jóvenes no son bastante amados? Tú sabes cuánto los amo. Tú sabes cuánto es sufrido por ellos y cuánto he aguantado durante 40 años y cuántos sacrificios tengo que padecer en la actualidad por hacerles el bien. Cuántos trabajos, cuántas humillaciones, cuántas contrariedades, cuántas persecuciones para conseguirles alimentación, habitación y estudio, buenos maestros y especialmente para buscar la salvación de su alma.
─No me refiero a usted
─¿De quién hablas entonces? ¿De los que me remplazan? ¿De los asistentes? ¿De los directores? ¿De los profesores? ¿No ves cómo son mártires del estudio y del trabajo?
─Eso y lo veo y lo siento. Pero no basta. Falta lo mejor.
─¿Qué falta entonces?
─Se necesita que sean amados en las cosas que a ellos les agradan; que se participe en sus inclinaciones y sus gustos infantiles, y así ellos verán también el amor en muchas cosas que les agradan poco, como son las disciplina, el estudio, el dominio de si mismo, la mortificación y que aprendan a obrar con generosidad y amor.
─Por favor explíquese mejor.
─Mire, ese recreo.
Observé y miré que eran muy pocos los sacerdotes y profesores que estaban mezclados entre los jóvenes, y mucho menos los que tomaban parte en sus juegos. Los superiores ya no eran el alma de los recreos. La mayor parte paseaban charlando entre sí, sin preocuparse de lo que hacían los alumnos; uno que otro corregía a los que se portaban mal, pero con amenazas y esto raramente. Vi que alguno que otro salesiano buscaba introducirse de jóvenes pero los muchachos buscaban la manera de alejarse de sus maestros y superiores.
Entonces me dijo mi amigo:
─ ¿En los primeros tiempos del Oratorio, no estaba usted siempre en medio de los jóvenes especialmente en horas de recreo? ¿Recuerda aquellos hermosos años? Era una alegría de paraíso.
─Eso es cierto. En aquellos tiempos era para mí un verdadero motivo de alegría estar entre mis muchachos, y ellos iban a porfía a acercarse a mí, y me hablaban con toda confianza y existía un verdadero deseo de escuchar mis consejos y ponerlos en practica. Ahora en cambio con las continuas audiencias, y mis muchas ocupaciones y mi deficiente salud me lo impiden.
¿Y cómo hacer para romper esa barrera de la desconfianza?
─Que se tenga familiaridad con los jóvenes, especialmente en los recreos. Sin la familiaridad no se les puede demostrar el afecto que les tenemos y sin esa demostración no se puede obtener confianza
El maestro al cual sólo lo ven en el salón dando clase, es maestro y profesor y nada más. Pero si en le recreo se acerca a los jóvenes y participa con ellos, entonces sí se convierte en su hermano.
Si a un sacerdote solamente lo ven en la misa celebrando y predicando, dirán que está cumpliendo con su deber de sacerdote. Pero si lo ven en el recreo mezclado entre los jóvenes, diciéndoles una buena palabra, entonces sí se darán cuenta de que en verdad es una persona que los ama.
Recuerde cuántas conversaciones fueron efecto de una de esas palabritas que usted decía al oído de los jovencitos mientras se divertían en el recreo. Si el joven se da cuenta de que el educador en verdad lo ama, le devolverá también amor. Y el educador que es amado lo consigue todo de sus educandos. Y los que sienten confianza hacia el superior le dan a conocer lo que necesitan y hasta le cuentan sus defectos para que les ayude a corregirlos.
El amor hacia los discípulos hace que el ecuador sea capaz de soportar las fatigas, los disgustos, las ingratitudes, las faltas de disciplina, las ligerezas, las negligencias de los jóvenes. Jesucristo cuando veía una caña medio rota no la acababa de romper y cuando veía un lámpara apagándose no la acababa de apagar. El es el verdadero modelo de todo educador.
Si se trabaja con verdadero amor a los jóvenes no habrá entonces quien obre por lucirse y por darle gusto a su orgullo, ni quien castigue por vengar su amor propio ofendido. No habrá quien se retire del apostolado de educar por temor a que otros tengan más éxitos que él. Si en verdad se ama no habrá quien se dedique a murmurar contra los otros tengan más éxitos que él. Si en verdad se ama no habrá quien se dedique a murmurar contra otros educadores para ser amado y estimado él por los jóvenes con exclusión de los demás superiores.









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